“¡"QUIERO SER PROFETA DE DIOS!"

 

Por el P. Raniero Cantalamessa.

 


El 3 de mayo de 2000, en San Juan de Letrán, los 750 carismáticos que participaban en la Peregrinación del Jubileo de Roma 2000 organizada por el ICCRS, celebraron una Santo Misa presidida por el P.  Raniero Cantalamessa. Fue un momento de alabanza y adoración, pero sobre todo un momento profético. El  P.  Raniero dio una homilía muy ungida, alentando a todos los presentes a ser testigos y profetas del Señor. A continuación reproducimos el texto completo de la homilía del P.  Raniero.

 

 'El Espíritu del Señor sobre mi,

porque me ha ungido.

Me ha enviado a anunciar a los pobres

la Buena Nueva,

a proclamar la liberación a los cautivos

y la vista a los ciegos,

para dar la libertad a los oprimidos

y proclamar un año de gracia del Señor" (Lc 4 18-19).

 

 Con estas palabras, proclamadas en la sinagoga de Nazaret inmediatamente después de su bautismo en el Jordán, Jesús inauguró el primer jubileo cristiano de la historia: un año de gracia del Señor.

 El jubileo se enraíza en el Espíritu Santo. Hasta el año 1300, el año que Bonifacio VIII instituyó el jubileo en su manera actual, se consideró Pentecostés como el jubileo anual de la Iglesia, porque sucedió en el día cincuenta, lo mismo que lo hacía el jubileo cada cincuenta años (Origen). Un himno medieval para Pentecostés dice: "¡Descubre el misterio! / Y verás / que esta fiesta santa / alcanza el jubileo" (Adán de San Víctor).

 Todos los beneficios que asociamos con la idea de jubileo remisión del pecado, rescate de la esclavitud, vista para los ciegos, sanación de los corazones rotos, reconciliación con Dios - todo, después de la Pascua, se contiene en una sola frase: ¡el Espíritu Santo!

 El verdadero jubileo es, ante todo, un don gratuito de Dios, un "año de gracia del Señor". Recuerdo un incidente que sucedió al final de la última guerra, el día en que los alemanes empezaron a retirarse de mi ciudad. Se extendió el rumor de que los almacenes militares estaban abiertos y cualquiera podía ir y coger lo que necesitara. ¡Imaginad la reacción de la gente que había sufrido una hambruna terrible y que había carecido de las cosas más básicas! Todavía puedo recordar las colas de gente que llegaban desde el campo, alentándose unos a otros para seguir, y luego la vuelta a casa, algunos llevando comida, otros mantas u otros suministros.

 ¡Este Gran jubileo debería ver lo mismo! ¡Los almacenes de la misericordia y la gracia de Dios están abiertos! A todos la Iglesia repite la invitación que leemos en Isaías:

"¡Oh, todos los sedientos, id por agua

y los que no tenéis plata venid,

comprad y comed, sin plata

y sin pagar vino y leche1" (Is 55 1)

 Nosotros en la Renovación Carismática hemos experimentado lo que Isaías describe en estas palabras. Sabemos lo que significa "no tener plata", ser pobres, miserables, completamente indignos, y a pesar de todo ello, recibir el agua viva, el vino nuevo, la leche y la miel del Espíritu Santo.

 Los organizadores han hecho bien al vincular este encuentro mundial de la Renovación Carismática Católica en Roma con el que tuvo lugar en 1975 y culminó en el encuentro con el Papa en San Pedro.

 

Ahora es el momento de preguntarnos hasta donde hemos llegado desde entonces: es un momento para el discernimiento En ese momento, nuestra mayor aspiración era ser reconocidos y aceptados por la Iglesia. Sorprendentemente, dadas las circunstancias, ese reconocimiento llegó, aunque sólo de una manera oral y no oficial. Pablo VI definió la Renovación como "una oportunidad para la Iglesia". De hecho le dio un lema y un programa en las conocidas palabras que recordé en Rimini:Laeti bibamus sobriam profusionem Spiritus, bebamos con alegría de la sobria abundancia del Espíritu.

Ahora, 25 años más tarde, ¿a qué aspiramos? ¿Qué estamos buscando? Entretanto, la Renovación Carismática ha recibido más de un rec